
Déjame entrar de puntillas en tu vida, sin hacer ruido, para no romper la belleza que me ofreces a través de tu silencio. Ábreme el cofre sagrado de tu corazón, comparte conmigo lo que eres, lo que vives, lo que sufres y lo que te alegras… Déjame acariciar mi vida con tu presencia, y acompáñame por la acera de mis días… y te mostraré desde mis entrañas: que no existen palabras para las emociones del alma, que cada amanecer nos regala la semilla que nos transforma, que los sueños se cumplen cuando nuestros ojos se miran, que danzamos cuando nuestros corazones se aman, se tocan y se miman… y te desvelaré los pensamientos más profundos que nacen de ti en mis venas y crean este anochecer lleno de estrellas… y te prestaré mis alas para dividir el peso de la batallas, y te ofreceré el dulce sabor de mi savia cuando no puedas con la sed de la desesperanza… y te ayudaré a llenar los bolsillos de historias hermosas y paisajes coloridos...
Déjame seguir tus huellas con delicadeza para no borrarlas con las mías, pero antes aléjame de las arenas del desierto, de los sabores de la melancolía, de los recuerdos que se olvidan, de las palabras vacías. Recuérdame que el amor cura las heridas que me escuecen, que me abre el apetito de los sentidos, que me abriga en los momentos de frío. Desátame de las cadenas que me ataron una vez a los dolorosos laberintos de un mundo de mentiras, de falsas apariencias. Entrégame la llave que abre la puerta a la relación verdadera. Enséñame despacito que se puede volver a confiar a pesar de que te hayan roto el corazón una y mil veces sin consideración. Convénceme de que todos somos iguales pero distintos por la razón.
Y,… discúlpame si a veces no quiero hablarte, ni mirarte y no te preste suficiente atención, porque me centro en mi universo, celosa de ser la mariposa que defiende su libertad. Pero no olvides que aunque eso suceda, siempre estas en mi corazón.
Ámate y te sentiré aun con los ojos cerrados aunque no te
pueda ver...

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